El paisaje aparece como el escenario en donde sucede la vida. Es lo que nos rodea constantemente. Por consecuencia, este tiene que ser fotografiado.
El paisaje está en todas partes. En todas las fotografías lo vemos aparecer incluso en los retratos. Es esa parte que deja ver el fotógrafo, ese contexto, ese “ mis en place” que rodea al protagonista. El paisaje es lo que nos permite ser, lo que nos condiciona y a si mismo condiciona a la fotografía.
Lo que me gusta del paisaje, es al igual que las personas fotografiadas, su enorme diversidad. Un paisaje puede ser la naturaleza más salvaje o la ciudad más contaminada. Pero el hecho de que se fotografíe nos remite automáticamente a que alguien esta ahí. Alguien esta del otro lado de la cámara tomando esa fotografía, y eso lo vuelve real. Lo vuelve crédulo, tangible.
Lo mágico de esto es que nos permite creer conocer un poco más este mundo. Hacernos ideas de los lugares más exóticos o visitados de este planeta e incluso de otros. Nos transporta y nos hace por un momento estar ahí dentro. Son pequeños fragmentos del mundo, acumulables y transportables que nos confieren esa sensación. Incluso transportarnos a realidades muy cercanas y tan ajenas a la vez.
Quizás la función de la fotografía del paisaje es mostrarnos los recovecos que de otra manera nunca podríamos ver con nuestros propios ojos.
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